A medida que el endeudamiento se eleva, los gobiernos pueden verse forzados a fijar mayores impuestos o recortar el gasto público para hacer sostenible el pago de los pasivos, lo que genera una caída de la demanda agregada y una contracción de la producción interna. Asimismo, las deudas que requieren un mayor financiamiento o crean presiones sobre el déficit fiscal generan brechas monetarias y reales que aumentan los precios locales.

Reinhart y Rogoff (2010)[1] recopilaron data de 44 países a lo largo de 200 años para analizar la relación entre estas tres variables. Uno de sus hallazgos apunta a que, en economías emergentes, los niveles de deuda superiores al 90,0% del PIB generan resultados adversos sobre la actividad económica e incentivan repuntes en los precios. Concretamente, algunos mercados bajo esos umbrales vieron reducido su crecimiento económico en 3,5 pp con respecto a los países con un nivel de deuda inferior. Asimismo, los primeros casos reportaron incluso el doble de los niveles de inflación de los otros países.

En el gráfico podemos observar que para 2018 parece darse una lógica similar. Según cifras del FMI, Venezuela fue el único país latinoamericano que registró un coeficiente deuda/PIB por encima de 90,0% y cumplió un año en hiperinflación y una variación del PIB estimado cercana a 26%. Otros países de América Latina parecen estar lejos de una situación similar. Ningún caso alcanza tales esos de deuda (aunque Brasil se acerca) ni de inflación. Tal parece que el excesivo endeudamiento de Venezuela fija una barrera más a la sostenibilidad fiscal de nuestra economía, lo que refuerza el origen monetario de la hiperinflación local.

[1] Reinhart y Rogoff (2010) Growth in Times of Debt.