El pasado domingo, la ministra de Economía y Finanzas Delcy Rodríguez aseveraba en una entrevista que el bolívar no ha perdido validez como moneda y que la dolarización total de la economía venezolana no era una opción para el Ejecutivo. También reconocía que, a pesar de que todavía Venezuela transita por un entorno de inflación elevada, la economía local ya había vencido la hiperinflación.

Tales aseveraciones no solo parecen desconocer la realidad del país, sino también muestran como los reguladores saben poco (o nada) sobre lo que ha desencadenado el entorno hiperinflacionario que aún enfrentan los venezolanos y las pocas opciones que tienen para afrontarlo.

La expresión máxima de esta hiperinflación es el colapso en la demanda (o la necesidad) de los venezolanos por bolívares. Aun cuando una fracción importante de la población local aun requieren de fondos en moneda local para realizar transacciones, el interés de los venezolanos por mantener estos bolívares como estrategia de ahorros (lo que los economistas llamamos “reserva de valor”) ha tendido prácticamente a cero en los últimos tres años. Cuando se examina la cantidad de bolívares en circulación (liquidez monetaria o M2) descontando el efecto que tiene el alza de precios en su incremento (debido a transacciones cada vez costosas), se distingue como tal circulación (y su tenencia) comenzó a mermar considerablemente desde finales de 2017, justamente cuando el proceso hiperinflacionario en Venezuela iniciaba de manera formal.

En ese punto, los venezolanos notaron que los ingresos que percibían en moneda local crecían mucho menos que los precios que pagaban, venciendo cualquier ilusión monetaria generada por inyecciones de bolívares cada vez mas agresivas por parte del Gobierno. Los locales actuaron de inmediato frente a la pérdida de sus ingresos en términos reales, gastando tales recursos (incluso antes de percibirlos), presionando sobre precios y retroalimentando el círculo vicioso dinero-precios-dinero detrás de nuestro proceso hiperinflacionario.

¿Es posible decir que, en la actualidad, esta dinámica ha cesado por completo? Nada más lejos de realidad. A pesar de la reciente desaceleración de la inflación y de las limitaciones fiscales impuestas por el Ejecutivo desde mediados de 2018, ese colapso ha sido prácticamente indetenible. Aún cuando, actualmente, la caída real de la circulación en bolívares se mantiene a lo visto justo a inicios de 2019, hoy la tenencia de bolívares es menos del 20% de lo que fue hace casi tres años. Claramente, los hogares y empresas en Venezuela siguen percibiendo la moneda local como un activo nada útil, del cual hay que deshacerse rápidamente.

Lo anterior revela otro hecho trágico: a pesar de las declaraciones oficiales, dicha caída no ha podido ser detenida ni por la dolarización transaccional impulsada por los propios reguladores, ni por la férrea política de encaje que solo ha logrado contenciones transitorias en la crecida de precios locales, pero insuficientes para que el venezolano prefiera la moneda local a cualquier otro activo. Con el interés del Gobierno por mantener la dependencia al bolívar de una parte importante de la población, seguiremos en presencia de un numerario que ha perdido valor de uso desde cualquier perspectiva. Tal parece que, en efecto, lo que está muerto no puede morir de nuevo.