Históricamente, Venezuela ha enfocado la gran mayoría de su capital y trabajo a la industria petrolera, abandonando la producción de ciertos bienes necesarios para el día a día del venezolano. Además, el Gobierno ha incentivado las importaciones (tanto petroleras como no petroleras) sobre la producción interna a través de mecanismos como el subsidio cambiario. Lo anterior ha generado que Venezuela dependa significativamente del resto del mundo, donde el país intercambia petróleo por otros bienes y servicios que el país no es capaz de (o no quiere) producir.

Dicha dependencia se traduce en vulnerabilidad a choques externos, como pueden ser cambios en los precios petroleros, nuevas dinámicas comerciales o cambios en la oferta y demanda de nuestros socios extranjeros. En particular, las importaciones y exportaciones venezolanas representaron 52,3% del PIB entre 1998 y 2018. En los últimos años, esta dinámica fue menor, promediando 33,3% entre 2016 y 2018, volviéndose menos vulnerable. Esto cambió para el primer trimestre de 2019, que ante una caída interanual del PIB de 26,8%, se observó un aumento de la proporción de las exportaciones e importaciones sobre el PIB, alcanzando 49,8%, similares a los niveles anteriores al 2014. Al final, entre 2013 y 2015 observamos una caída de las importaciones y de las exportaciones mayor a la del PIB. En cambio, para el período 2017-2019 la dinámica económica estuvo marcada por una contracción del producto más pronunciada y una actividad importadora menos afectada (presumiblemente favorecida por la apreciación real del tipo de cambio).

Esta nueva dinámica comercial se puede deber a distintos fenómenos que han ocurrido en el 2019, como el nuevo convenio cambiario y la dolarización emergente, que han facilitado el comercio con el exterior. Pero principalmente resaltan las sanciones impuestas por los Estados Unidos, que, al intentar aislar a Venezuela del resto del mundo, han generado que nuestro país dependa aún más de socios comerciales como India, Rusia y China. Lo que nos dirige a una vulnerabilidad mucha más alta ante eventos de origen externo, con una economía más pequeña y con menor capacidad de responder a estos cambios.